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| Convento de Nalda. Patrimonio sin protección. Todos los años sufre una nueva agresión. |
Nota preliminar: Dado que los ciclos de destrucción del patrimonio histórico artístico de Logroño son tan repetitivos como las sardinas en aceite, dado que nuestros políticos siguen enfangados en ser cada uno de ellos el Gran Hermano y en consecuencia viven obsesionados por reescribir la historia a su antojo, dado que lo que acontece en nuestra ciudad es el mayor cochondeo que imaginarse uno pueda, no queda más bemoles que tomar al toro por los cuernos y empezar de nuevo a lidiar con el toro de fuego del poder. ¿Cuantos enemigos silenciosos y taimados aparecerán ahora?, apuesto que más de ochenta.
El artículo fue publicado en la Revista Farándula, allá por el año de gracia de 2002, aproximadamente. Revista altamente sospechosa que escribíamos en el más "impenetrable" de los anonimatos Kabe Mayor y el mendas. Dejó de publicarse cuando yo me enteré, según la historieta que circulaba por la ciudad, que la revista era escrita en estrecha colaboración entre los hermanos Kabe mayor y Kabe segundo. Inmediatamente dejé de aportar el ochenta por ciento del trabajo en forma de artículos, reseñas, comentarios y otros, y la revista dejó de publicarse. YA NO TENÍAN NEGRO QUE LES ESCRIBIERAN, ¡mamones!
Al posarse la tarde en el día de la
Constitución, una gigantesca bandada de estorninos volaba y hacía piruetas a
cielo abierto sobre la vertical del Iregua, imagino que buscaban el refugio de los
árboles para posarse en busca del sueño de la noche. No cabe, se supone, que
anduvieran perdidos, pues la naturaleza les ha dotado de magníficas
microcélulas magnéticas para su orientación en las migraciones, lo cual ya se sabe lo hacen estupendamente. Tampoco cabe, se supone, que estuvieran inspeccionando las tan
cacareadas obras de la circunvalación, incluido el nuevo puente, que en estos
momentos se encuentran tan a “cielo
abierto”. Y, por supuesto, tampoco cabe pensarse que
anduvieran liados en el debate en torno a las declaraciones del Obispo de
Canarias, sobre la fragilidad de la libertad de prensa; manoseado tema que de
un modo u otros los ciudadanos de a pie estamos tan acostumbrados a padecer.
Pero desgraciadamente si cabe que
Logroño y La Rioja permanezcan tan indefenso a dos velas, y que sus ciudadanos y convecinos hayan perdido la capacidad de
orientación y defensa, dicen que por
insensibilidad, en lo tocante al tan mal llevado, peor traído y malditamente tan “a cielo abierto”, mejor dicho tan a mata rasa, del que en su día fue nuestro exquisito patrimonio histórico artístico. Ello, independientemente de
cual sea el truculento tema del momento, truculento en cuanto a la forma de
cómo se le condena a muerte, y, sin olvidar, que cualquier elemento que
constituye nuestro patrimonio es, por definición, exquisitamente exquisito, si bien no podemos decir lo mismo de la cultura d enuestros políticos. La ignorancia es quien denuncia nuestras deformaciones.
A mí, personalmente, no me sirve que
la ciudadanía eche aguas fuera con aquello de “la insensibilidad de la gente”, “la ignorancia de la gente”. “lo contumaz o lo burdo de la gente”. Sencillamente no me sirve porque ya
también soy gente, pienso como gente, me comporto como gente, vivo como la
gente y revindico mi condición de ser gente. Y quien se crea que no es gente,
pues eso, que tire la primera piedra. La gente somos gente para los demás en
tanto y cuanto desconocen nuestros nombre y apellidos, también viceversa; por
lo tanto la gente existimos porque de una forma u otra existe la ignorancia; ¿o
no es así?
Y es precisamente la ignorancia la madre
del cordero, digo de la insensibilidad. Cuando se es ignorante sobre un tema
concreto, aparece la temida abstracción -el tema es abstracto, argumentan-, el tratamiento se hace rudo y las palabras a menudo resultan soeces.
En consecuencia, rudeza y soez igual a insensibilidad; después sólo queda,
haciendo grotescas piruetas de circo, echar la culpa a la gente. ¿Es así, no, cómo funciona la hipocresía social? También es así, queramos que no, que las
gentes de Logroño somos todos, y dados los patéticos resultados sobre la
conservación del patrimonio logroñés, concluiremos que todos los logroñeses
somos ignorantes. Esta última aseveración, aunque duela, igualmente es cierta.
Cabría pensarse que el prestigioso
programa de aquel alcalde logroñés, D Joaquín Elizalde, bajo cuyo mandato se
revolucionó la enseñanza en Logroño capital con múltiples y originales
propuestas, ha caído en saco roto. ¿Será que hemos olvidado que los programas
de enseñanza son para cada una de las generaciones y, que si no se intensifican
y actualizan para las siguientes puede ser que alguna generación quede
condenada al ostracismo de la incultura? Dados los resultados actuales, al
parecer y en el régimen anterior debió de suceder algo de esto; por cierto lo
de la censura funcionaba magistralmente.
Para finalizar, nada más añadir que
los dos grandes símbolos de aquella revolución son el Colegio de Gonzalo de
Berceo y las Escuelas Trevijano. Ambas todavía continúan en pie y a cielo
abierto, pero mucho me temo que de prosperar las pretensiones del equipo de
gobierno, con minúsculas, del ayuntamiento, también con minúsculas, a las
Escuelas Trevijano pronto les llegará la “tabla rasa”. No importa lo que signifiquen para
nuestro acerbo cultural ni lo que a él hayan aportado, importa un bledo que de
hecho y por derecho sean un símbolo de la cultura logroñesa; al parecer, priman
más los cuatro rayajos que rígidamente se tiran desde las unidades de
arquitectura y de urbanismo del ayuntamiento, todo con minúsculas,
especialmente con minúsculas, sobre los viejos planos del entramado de
calles logroñesas. Pero si sus responsables piensan que lo que hacen en estas
unidades tiene algo que ver con la cultura se equivocan, si no que venga Dios y
lo vea; porque lo que las gentes de Logroño reconocemos como CULTURA
nada tiene que ver con su centro de diseños de monstruos.
En fin, apreciados amigos, todos
nosotros somos responsables de lo que sucede; ya sea a mata rasa, a tabla rasa,
al cielo raso, etc., el tema es que nos quedamos sin patrimonio. Habría que
matar a los viejos, por gordos, sebosos, desvencijados, artríticos, barrigudos
y torpes cada vez que se ponen al lado de una tía tipo Noemí Campbell. Es
necesario sacrificar la vida en nombre de la estética, se dicen algunos; en nombre
del relumbrante Centro Cultural de Ibercaja, destruyamos la nonada de las
Escuelas Trevijano.

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